—¿Está loca? —preguntó á Librada—. No es de mi tiempo, porque yo no la recuerdo.

—Es la criada de Taragañón.

La lugareña continuaba haciendo muecas, retorciéndose. Agitaba la cabeza con tanto denuedo que la brasa del rostro amenazaba propagarse al resto de la hulla.

—¿Qué diaños te ocurre, Arrecachada? —preguntó ásperamente Librada.

—Nada m’ocurre. ¿Ye que no puedo mirar endientro de la taberna? —poseía un bárbaro vozarrón masculino.

—Pero non ofender á los perroquianos.

—Ye que miraba á aquel señoritu. ¿Non ye un que vino de Mingalaterra, fai pocos días, y que yera amo de la casona?

—¿Qué te importa á ti, muyer?

—Quisiera preguntai por un hermano que tengo allí.

—Difícil es que yo sepa nada. Entre usted.