—¡Líbreme Dios! Buena la tenía luego con el señorito... ¿Quier usté salir p’acá?
—Non la faga caso, señorito. ¡Qué descaradona! —Librada se santiguó.
Alberto se acercó á la Arrecachada, la cual, tomándole aparte y sigilosamente le comunicó que su señorita tenía cosas muy importantes que decirle; que en oscureciendo se fuera de aquella parte, como al descuido, y que penetrase por lo alto de la huerta que ella, la Arrecachada, estaría allí.
Alberto se alejó de la taberna de Librada, con ánimo de distraer sus pensamientos paseando hasta la hora de la cita. Descendió por la calle del Doctor Otero. Al final de ella, que son los confines del pueblo, se eleva la iglesia parroquial, vuelto el ábside de la parte de Cenciella y la espadaña del frente mirando al campo, por encima de un viejo bosque de castaños. Por el costado derecho de la nave, corre un atrio de columnas graníticas; adosado al otro muro, está el cementerio.
Sentóse Alberto en el atrio y estuvo allí en silencio media hora. La calle, la iglesia, el bosque estaban solitarios. Oíase un ruido como de azada abriendo la tierra.
Levantóse y dió la vuelta en torno de la iglesia. El cementerio tenía la puerta abierta. Penetró. Un hombre aliñaba un cuadro de hortalizas. Encorvado como estaba miró al recién llegado y siguió trabajando. En un ángulo vió Alberto el panteón de la familia Díaz de Guzmán; nunca hasta entonces lo había visto. Una frase se formuló en su frente: esto me queda. La humedad del atardecer y lo sombrío del paraje le hicieron temblar. Preguntó al de las hortalizas:
—Buen hombre ¿sabe usted de sepulturas?
El hombre se puso en pie, arreglándose á puñadas los riñones.
—Que si sé de sepolturas... —enseñó sus dientes amarillos—. Como que soy sepolturero.
—¿Sabe usted dónde está enterrada una tal Rufa?