—¿Rufa qué? Verá usted, hay... —elevando los ojos al cielo— Rufa, la del Carmín; de aquella parte está. Rufa, la de Nolo; allí. Rufa, la Pendona ¡Dios la haya perdonao! ¡Les veces que anduvo metiendo la boroña n’el forno, pe los maizales...! Allí. La penúltima ama de don Pedruco, el coadjutor, tamién se llamaba Rufa. ¡Dios los perdone! Allí. Y entavía...

—Ninguna de esas es. Era la criada en la casona.

—¡Ah! Allí está.

Alberto siguió la dirección que con el dedo le señalaba el sepulturero.

—Ahí, ahí mismo.

—Es que... —balbució Alberto— aquí no hay nada.

El sepulturero enseñó otra vez sus dientes amarillos.

—Escarbe y verá si hay podre, que federá que de gusto. ¿No hay una piedra con el número 114?

—Sí, señor.

—La misma.