Alberto se arrodilló sobre la hierba, enmarañada, verdiagria, jugosa. Dos palmos delante de él crecía un cardo, florecido de amarillo oro. Sentóse sobre los talones, cruzó los brazos y dióse á cavilar. Su madre, muerta al nacer él, estaba allí, en el musgoso panteón de traza corintia; allí su padre, á quien nunca había amado, ni de él había recibido sino crueldad y desdenes. Retrotraíase á la tenebrosidad de la infancia, guiada tan sólo por dos caducas sombras familiares; la vieja Teodora y la vieja Rufa, de la casona, á quien ahora reveía con sus añejos atavíos, el abanico verde, con un gato, y el libro de misa, apercibida á presenciar los títeres; y también de tarde en tarde la sombra furtiva y amorosa de su tío Alberto, mortalmente enemistado con su padre. Aquella su ternura enfermiza por los seres y las cosas, aquel inquirir sin plan y con fiebre, aquel soñar sin asidero y aquel flotar de toda su vida ¿qué otra cosa era sino ausencia de niñez? Nunca había sido niño. Faltábale la tradición; tronco y raíces que agarrasen en tierra firme; todo él era ramazón, hojarasca, garrulería y esterilidad. Desfallecía. Hubiera querido tener á Rufa á su lado, y reclinando la cabeza en el muelle y haldudo regazo dormirse, como en el antaño remoto. De pronto, como bajo un influjo misterioso, de su propia flaqueza se levantó arrogante y decidido. En los treinta y dos años estaba, y estaba por obra de la adversidad, con las manos vacías é inactivas. Hasta entonces, había soñado; era hora de hacer, de hacer muy deprisa, que iba con retraso por el mundo. ¿Hacer qué? Cualquiera cosa ¿qué importa? Hacer, hacer... «Hay que apresurarse», murmuró en voz alta. En torno suyo yacía la eternidad de donde había nacido. La otra eternidad, á donde había de volver se anunciaba como una aurora negra. ¿Había de ir de una á otra sin rastro y sin ruido como una nube en la noche?

—¡Eh, señor! —gritó el sepulturero—. Que voy á cerrar.

En la puerta Alberto preguntó al hombre de los dientes amarillos:

—¿Tiene usted miedo á la muerte?

—Si tuviera miedo no sería sepolturero.

—No digo á los muertos, sino á la muerte; al más allá.

—No sé lo que es eso.

—Después de morir.

—¡Ah! Después de morir... ya ve usted —mostrando los dientes y señalando las hortalizas— se dan muy buenas berzas.

Tañeron el ángelus las campanas. Anochecía. Alberto dió una propina al sepulturero y se encaminó á la casona. La Arrecachada le aguardaba en la casa del casero y le condujo hasta el gabinete en donde estaba Teresuca, la cual se levantó á recibirle, muy agitada.