—¡Qué asqueroso de hombre! —se refería á su marido—. Lo he oído todo desde detrás de la puerta. ¡Qué asqueroso! No le digo que le perdone porque maldito lo que lo deseo. Al contrario; hágale cuanto mal pueda. —Sus ojos revelaban crueldad insaciable. Viéndolos, Alberto se sintió sobrecogido.

—¿Tanto mal le ha hecho á usted, Teresa? —su pregunta tenía aire de reproche.

Los ojos de Teresuca se melificaron instantáneamente. De grises, se trocaron en ambarinos.

—¿Por qué no me tutea usted como antes?

—Después de lo ocurrido con Manolo, no podría aunque quisiera.

—Sí, sí —rogó Teresuca, ladeando la cabeza.

Alberto calló. Teresuca se puso seria.

—Aquel niño ¿es de ustedes?, claro —se levantó á mirarlo de cerca. Dormía sobre un sofá, con los puños cerrados. Lo besó.

—Siéntese, don Alberto. Tenemos que hablar.

Alberto obedeció.