—Á eso vengo.
—Yo no quiero ser cómplice de una infamia. Lo que le dijo Manolo de las nueve mil pesetas, es mentira. No las pagó.
—Lo vi muy claro.
—Cuando tenía confianza conmigo me lo confesaba. Él creyó que nunca se acordaría usted de ellas.
—Nunca me hubiera acordado, á no hacerme falta.
—La carta que le dió usted á Manolo, ¡asqueroso!, para que se las entregaran, por la banca debe de andar, y saldrá con otros papeles. Con eso le basta á usted —Alberto escuchaba sin replicar. Continuó Teresuca—. Pero hay más. Los alquileres de la casa, desde que vivimos aquí, hasta que la compró él, están sin pagar. También me lo confesó él. Esos se los puede usted sacar desde luego. ¡Es un asqueroso! ¡Es un criminal! —en los ojos de Teresuca asomaba nuevamente un odio funesto y delirante—. Pues hay más. Los cinco años que fué su criado le robó, así, le robó; me lo confesó él, riéndose y diciendo que usted era... un babayu; le robó más de cinco mil duros —Alberto callaba—. Pues hay más. La casa no la compró con los muebles; en la escritura puede verse. ¡Cuidado que había plata...! Toda la vendió. Estos muebles son de usted. Cuando usted quiera puede levantarse con ellos...
Callaban los dos. Teresuca bebía con sus ojos los de Alberto.
—Teresa; todo eso que usted dice haría yo, si se me hubiera ocurrido á mí. Pero, habiéndolo oído de labios de la mujer del propio Manolo, no puedo hacer nada. Agradezco la honrada solicitud que usted me demuestra, pero, no haré nada.
En los ojos de Teresuca asomó un anuncio de desdén, algo á modo de dureza que se derritió en seguida en una mirada ardiente y seductora.
—¿Dónde se ha arrodillado usted, que trae el pantalón todo manchado de verdín? Voy á limpiárselo.