Con agilidad ondulante saltó á los pies de Alberto, y allí quedó agazapada, pasándole las manos por las rodillas y elevando hacia él los ojos, mimosa y elocuentemente.

—Levántese, hágame el favor, Teresa —habló Alberto, con voz opaca y repeliendo discretamente á la mujer. La torpe perfidia de Teresuca le inspiraba tumultuosos sentimientos de aversión y repugnancia. Temía ser violento, brutal con ella.

—¡Cómo lo aborrezco! —bisbiseó Teresuca, con la cabeza baja, reclinándose sobre las piernas de Alberto—. ¡Asqueroso! Liado con esa viuda marrana de la casa vecina... ¡Asqueroso, sinvergüenza! ¿Lo querrá usted creer? —escorzó el cuerpo y apoyó los brazos sobre los muslos de Alberto, levantando el rostro hacia él—. Pues voy á decirle lo último. Es un cabrito, sí, un cabrito. Cuando se casó conmigo sabía que yo había hecho hombres, pero como era por dinero, hasta casi me animaba. ¡Ah! Si en lugar de vivir en Cenciella estamos ahora en Pilares... ya le diría yo...

Teresuca, con ductilidad serpentina, iba enroscándose y ciñéndose á los miembros del joven. Sus ojos brillaban, lubrificados de fascinación ponzoñosa. Sacó la lengüecilla y se relamió, humedeciendo los encendidos labios. Era toda astucia y crueldad.

Había una cosa entre los dos que Alberto quería olvidar, imaginando que ella lo había olvidado, á causa de la frecuencia de sus deshonestidades mercenarias. Alberto había poseído á Teresuca hacía algunos años.

Teresuca se incorporó, entretejió los dedos de entrambas manos detrás de la nuca de Alberto, y dejóse colgar sobre su pecho, simuladamente desvanecida y suplicante. Con soplo apenas audible suspiró:

—¿Te acuerdas? —y luego, anticipándose una fruición maligna—. Hoy voy á gozar por primera vez.

Dos sacudidas de Alberto, y Teresuca hubiera dado en tierra, á no buscar soporte instintivo en el brazo izquierdo. Estando así, con ojos dilatados de asombro é iracundia, Alberto levantó la mano sobre ella y la abofeteó. Luego salió huyendo. Por las escaleras oyó llantear al niño y la voz quebrada de la madre que bramaba á lo sordo:

—Me las has de pagar, cochino, hijo de perra.