—¿Usted qué haría con ese dinero?
—Querido Guzmán: esos son escrúpulos del Padre Gargajo. ¿Qué iba á hacer? Lo mismo que voy á hacer en nombre de usted; exigírselo á ese pillo, y si se negase sentarle las costuras. Pues hombre, ¡bueno fuera!
—Pero ¿de veras no cree usted feo de mi parte aprovecharme de las manifestaciones de aquella mujer, inspiradas en sentimientos tan bajos?
—Vaya, vaya. ¿Le voy yo á aconsejar algo que no juzgue absolutamente correcto y puro? Además cobrará usted la renta de la casa y muebles y plata, según tasación aproximada. Si es claro como la luz. Unas veinte mil pesetas calculo.
—Quizá no tanto...
Alberto salió muy animado de casa de Castillo. Aquella noche escribió á Mackenzie.
«Querido Bob: muy pronto le podré pagar las quince libras que usted tuvo la amabilidad de prestarme.
Quiero saber por qué me ha dicho usted tantas veces que debía escribir. Su opinión de hombre muy vivido y muy culto me interesa más que la de un literato profesional. Le ruego que me exponga concretamente los sentimientos y razones que le inspiraban tan reiterado consejo.
Todo mi afecto á Nancy, Ben y Meg.
Le abrazo,
Guzmán.»
XI
—¡Del mal el menos!