El proverbio fué formulado por el labio doctoral de Mármol. Tenía en aquel momento algo de sacerdote antiguo, con la túnica de seda amarilla y talar amplitud, que no era sino un guardapolvo y la tiara, ó dígase rotunda gorra inglesa, sobre la cual las gafas de automovilista destacaban como las masas oculares en la frente de un batracio.
—Quince mil pesetas... —murmuró Alberto—. Tres años de vida modesta y á trabajar. ¿De qué se ríe usted?
—De la modestia —y luego sentenciosamente—. Antes de ese plazo será usted rico... y feliz.
—Casándome, ¿verdad?
Mármol inclinó la cabeza de manera que Alberto no sabía quiénes le miraban; si los ojos de rana de la gorra ó los vivos y entornadizos de Mármol.
—Y ahora; soy buen catador de personas, ¿sí ó no? Manolo siempre me pareció un pillete.
—Yo nunca lo hubiera creído.
—Es usted un infeliz. Tampoco cree usted que se va á casar muy pronto con...
—Sí, con quien sea. No hablemos de eso.
Mármol sonreía de un modo celado y malicioso.