—¿Qué le ocurre á usted hoy? Yo diría que interiormente está usted burlándose de mí.
—Un poco. Andando, que hay que aprovechar este sol rico y esta tarde buena.
—Andando.
En la portería le entregaron una postal á Alberto. La leyó, en arrancando á rodar el automóvil. Decía: «Me habló usted siempre de las cosas más extraordinarias con tanta naturalidad, que yo me veía obligado á aceptarlas como cosas naturales, y de las cosas naturales con tanta intensidad, que yo descubría en ellas nuevos sentidos. Me habló usted de los problemas más difíciles con tanta lógica y sencillez, que yo me admiraba de mí mismo y de ver tan claro, y de las ideas fáciles y habituales, de las opiniones admitidas con tanta agudeza y precisión, que yo me quedaba perplejo descubriendo que no eran tan claras como yo creía. Me parecía que usted había dado conciencia á mis ojos, á mis oídos, á mi corazón y á mi cerebro. Y ¿qué otra cosa es un escritor sino la conciencia de la humanidad? No sé explicarme mejor. Le abraza, Bob.» Alberto releyó estas líneas por tres veces. Se dijo interiormente: y sin embargo, yo no sé á qué atenerme en nada.
El automóvil subía por la carretera de la Virgen del Castaño. Pasó bordeando la tapia baja del campo de instrucción. Mármol lo detuvo. El campo es una gran sábana de pradería, colocada en el manso declive de una ladera. Sobre el verde cantante y afelpado, las filas de soldados subían y bajaban alisando la hierba como peines de rojas púas. Oíase el vasto golpe de voz con que acompasaban la marcha, á manera de vaivén de un gran péndulo. Las manchas claras de los niños, que en gran número se agolpaban á ver los soldados, eran como una floración y sus gritos como un perfume. El cielo estaba desnudo, el aire vibraba y la tierra ansiaba desgarrarse en un suspiro glorioso. Y entonces fué cuando las cornetas cantaron, sacudiendo el azul infinito con la enérgica y reprimida palpitación de sus cobres.
—Miraba á ver si están mis chicos por ahí —dijo Mármol, en pie sobre el asiento—. Cualquiera los ve.
Alberto no le escuchaba. Mármol descendió á sentarse y apoyó una mano en el hombro de su taciturno amigo.
—Escúchame, querido Guzmán. La tarde, más que para volar en automóvil, está para pasear á pie. Quiere que vayamos al monte cerrado, á tumbarnos al pie de los carbayos.
—Muy bien. Esta tarde es usted árbitro de mi vida.
—Ya lo sé —afirmó Mármol, con un tono enigmático que en otras circunstancias hubiera despertado la inquietud de Alberto.