Descendieron en la linde del monte cerrado, un espeso y centenario robledo. Mármol ordenó á su mecánico:

—Lleva el coche al chigre de Julia; allí iremos á buscarte.

Alberto buscó un rincón quieto y penumbroso; se tumbó en tierra. Mármol parecía escudriñar entre los troncos.

—Ha elegido usted mal sitio, Alberto. Levántese y venga conmigo.

Alberto obedeció dócilmente y siguió á Mármol, hasta que éste halló paraje á su gusto. Entonces, dijo:

—Aguárdeme aquí. Voy hasta el chigre y traeré algo que comer y beber.

Y se perdió en la espesura del bosque, con la túnica talar flotando á su espalda, como un druida. Alberto se dejaba arrastrar por un flujo de pensamientos inconexos y raudos. El taf taf del automóvil le hizo incorporarse. Á través de un claro del bosque lo vió pasar; Mármol lo conducía y un momento volvióse á decir adiós á Alberto con la mano.

—¡Mejor! —se dijo Alberto en voz alta. Y se tumbó de nuevo á pensar, á decidirse; ésta era la palabra que le escarbaba en la mente.

Absorto en sus meditaciones, púsose de rodillas sin saber lo que hacía. Un jilguero cantó sobre su cabeza. Iba á levantar los ojos hacia el pajarillo, cuando una mano suave le tomó la suya.

—¡Fina! Pensaba en ti.