—Ya lo sé.
—¡Bendito sea Dios! —sollozó la tía Anastasia.
XII
Don Medardo se encerró á solas con Fina. El viejo estaba sentado, con una manta de pelo de camello sobre las piernas. La muchacha en pie, frente al padre.
—Siéntate, Fina.
—Permíteme que esté en pie, papá.
—Como quieras —no sabía cómo comenzar—. Hace algunos días que pienso hablarte, desde que supimos la... bueno, la gandulería de Telesforo. Voy á hacerte una proposición, pero conste que no te obligo á nada. Á tu conciencia dejo lo que hayas de resolver. Yo aconsejo, fundándome en el amor de hermana á hermana; tú determinas —por la voz se le derritió una sombra y se le apretó la garganta. Carraspeó, remondándose el gañote—. Tú no te casarás nunca.
No se atrevió á mirar á su hija. Aguardaba, con los ojos bajos, una respuesta. Pero Fina no rompió el silencio.
—¿Es que piensas casarte? Porque entonces nada tengo que decir.