—Á eso no puedo responderte, papá.
Don Medardo levantó los ojos y exploró el rostro de Fina, y lo vió inmóvil, impenetrable en su finura extática y como modelado en cera.
—¿Es que al fin te decides por Andújar? Creí que ya se había cansado de pretenderte y que tú habías resuelto no casarte. Veo que me he equivocado y me alegro. Es un hombre formal y tiene una carrera muy higiénica.
Andújar era ingeniero de minas. En opinión de las niñas pilarenses era adorable, á causa de sus rasgos virginales, de sus ojos balsámicos y adormecidos, del rubí de sus labios, el rosicler de sus mejillas y el violeta cerúleo de las rasuradas mandíbulas; parecía una imagen de cartón piedra. Á don Medardo le hubiera gustado para yerno, sobre todo por lo higiénico de su carrera. Para don Medardo higiénico era sinónimo de aristócrata. Lo que primeramente le había inducido á semejante confusión fué el haber oído decir repetidas veces del marqués de Espinilla que era un hombre muy higiénico. Decíanlo, no sin ribetes de malicia, porque siendo septuagenario, conservábase, merced al régimen de vida, con alguna rozagancia y humor excelente para vestir á lo mequetrefe, cuellos hasta las orejas, pantalones remangados hasta la pantorrilla y corbatas pomposas que eran una verdadera dilapidación de las rayas del espectro solar. Don Medardo hubiera deseado preguntar á algún docto el valor exacto de la voz higiénico, pero temía que se burlasen de él. Durante unos cuantos meses anduvo con el oído alerta, estudiando en qué sentido empleaban la palabra, cuantas veces aparecía en la conversación. Se decía que era higiénico del montar á caballo, comer ciertos alimentos caros, pensar poco, vestir ropa de hilo, pasear á las horas de sol, que son las horas de oficina y holgar constantemente, todas ellas particularidades que convienen con la aristocracia. Y así don Medardo llegó á la convicción de que tanto montaba decir aristócrata como higiénico, si bien la segunda palabra le parecía más elegante y elevada.
Andújar había seguido asiduamente á Fina y solicitado su amor repetidas veces.
Fina contestó á su padre.
—Andújar ya ha renunciado á que le corresponda.
—¿Entonces? —interrogó don Medardo boquiabierto—. ¿Tienes novio, sin que yo lo sepa?
—No, papá.
—¿Entonces? ¡Ah! —el viejo se dió una palmada en la frente—. Hablas en pótesis. ¿Entiendes la palabreja?