—Sí, papá.
—Fina, hija mía —la garganta volvió á apretársele—. No dudarás de mi cariño...
—No, papá.
—Pues bueno, voy á hablarte también en pótesis. Yo creo que no te casarás nunca, y por eso voy á hacerte una proposición. Con la mano sobre el pecho te digo que los cien mil duros que Telesforo se llevó eran de Leonor. Cuando yo se los di se lo dije muy claro: sepa usted que este dinero es un anticipo de lo que á su mujer le había de corresponder por herencia. Es decir, que ahora Leonor tiene cien mil duros menos que tú. Á tu conciencia dejo decidir si esto es justo entre hermanas, porque ¿qué culpa tiene la pobre Leonor? Además, ella es casada, mejor diré viuda, y tiene un hijo...
Don Medardo había agotado todas sus fuerzas: no podía continuar.
—¿Qué quieres que haga yo, papá?
—¿Qué te dice la conciencia? —agregó con esfuerzo—. ¿No te dice que lo justo es que todo el dinero que me queda se reparta entre las dos equidistantemente, como si la pérdida no la hubiera sufrido ella, sino yo? ¿No te lo dice la conciencia?
—La conciencia no me dice nada, papá.
—¡Ay, Fina! —suspiró don Medardo dejando caer las manos pesadamente fuera de la butaca.
—Pero me lo dice el corazón. No sé para qué me consultas esas cosas. Yo no necesito nada, y si algún día como dices tengo algo, ya sabe Leonor que será suyo también. Luego, lo del matrimonio ¿qué tiene que ver con esto, papá? Si alguno pretendiera casarse conmigo por dinero, ¿me había yo de casar con él? ¿No había de conocer sus intenciones?