—Acércate á mí, Fina, que te bese. Eres un ángel —la besó, humedeciéndola de lágrimas.

—No seas niño, papá. Cualquiera diría que acabo de hacer una heroicidad.

—Heroicidad, hija mía, y grande. Tanto que yo no quiero apresarte tan pronto por la palabra. Piénsalo bien y otro día hablaremos.

—Por pensado, papá. Te lo he dicho una vez y basta.

—Dios te bendiga, y puedes retirarte.

Salió Josefina del despacho de don Medardo, y apenas había avanzado tres pasos por el pasillo, cuando una sombra vacilante y silenciosa vino á adherírsele. Era tita Anastasia, á quien la misteriosa conferencia entre padre é hija traía á mal traer y con el espíritu de curiosidad y suspicacia multiplicado hasta la fiebre. Sospechaba que le tendiesen una asechanza á su palombina de Dios, á su santina inocente. No ignoraba lo buenazo y alma de cántaro que era su sobrino, pero lo consideraba capaz de todo, cegado de indecoroso favoritismo por la hija mayor. De manera que capturó por un brazo á Fina y allí mismo, sin perder minuto, exigió ser enterada de todo. Cuando Fina terminó de hablar, tita Anastasia temió ahogarse en iracundia.

—Lo que yo me temía. Si tengo un olfato... ¡Mal padre; sin entrañas! —increpó despidiendo miradas flamígeras contra la puerta del despacho—. ¿Y tú renunciaste del todo, palombina?

—Vamos á mi gabinete. Allí hablaremos.

En el gabinete, tita Anastasia se retorcía las sarmentosas manos por dominar su sacrosanta indignación. Fina habló, y la sonrisa pululaba sobre su dulce cara trigueña.

—Tita Anastasia, tan enfadada como estás, y tú hubieras hecho lo mismo que yo he hecho. No me digas que no tita Anastasia, porque sé que lo hubieras hecho. Si no lo hicieras serías mala, y tú no lo eres.