Tita Anastasia se enternecía en tan acelerada progresión que apenas podía represar las lágrimas.

—Sí, palombina, tienes razón. Pero ¿y lo de tu padre? Eso está muy mal hecho.

—Si yo he hecho bien, tita Anastasia, es que lo que me propuso estaba bien, porque nunca está bien aceptar una cosa que está mal.

Esta lógica confundía y anonadaba á la vieja. Prosiguió Fina.

—Si el dinero que tiene papá fuera tuyo, tita Anastasia, ¿qué harías de él al morir?

—Dejártelo á ti todo, todo.

—Eso sí que no está bien —la sonrisa de Fina fluyó más amorosamente aún, de manera que suavizara la frase.

—Tú eres la que más me quieres, acaso la única que me quiere —expresó la anciana justificándose.

—Es decir que para ti, tita Anastasia, las personas valen aquello que tú crees que vales para ellas; tanto me quieres, tanto te pago. Pero como yo te conozco, tita Anastasia, sé que no es verdad; que los quieres á ellos mucho, y que te haces la ilusión de no quererlos porque se te figura que ellos no te quieren; y que si aquel dinero fuera tuyo lo dejarías á todos por igual.

Aquí tita Anastasia fué impotente á retener enjutos los lagrimales.