—Cristo del Rosario ¡qué neña! Talmente como que lee dentro de una —habló tartajosamente—. Pero á ti te quiero más que á nadie, palombina.
—También lo sé, tita Anastasia.
—Sábeslo, sí, y sabes que todo lo que me dices tiene que ser como tú lo dices. Tú eres bruja, mi alma. Las veces que me dijiste de Alberto que volvería. Volverá, volverá. Yo no podía creerte. Pero tenías tanta confianza...
—Y volvió.
—Sí. Dicen que está en Pilares, pero nosotras no lo hemos visto entodavía.
—Ya lo veremos. Por lo pronto —dijo, cambiando de tono— tratemos de convencer á Leonor á salir de paseo á la aldea, á que se distraiga.
Subieron á casa de Leonor, la cual no se dejó convencer. Fina comprendió que le avergonzaba salir y verse objeto de la curiosidad pública.
—Leonor; salimos por detrás de casa y en dos minutos estamos en el campo. Si hasta podemos ir en traje de casa...
—No, Fina; déjame aquí.
Se llevaron á Telín, sumido entre níveos encajes y batistas, que exasperaban el verde oliváceo de su coloración. Estando en la calle, Fina propuso como fin del paseo el monte cerrado. Cruzaron el campo de instrucción por la parte alta. Cuatro niños ascendieron corriendo por la ladera, á saludar y besar á Fina. Eran los hijos de Alfonso del Mármol, robustos y endemoniados mancebos, regocijo de los parques y terror de la prole infantil. Desde la primera infancia habían hecho muy buenas migas con Fina.