—Estaba papá con nosotros —dijo Pepito, el menor. Jadeaba; el rubio pelo le caía en vedijas sobre la frente, empapándose del sudor de la piel y pegándose á ella; las curtidas piernas, como las de sus hermanos, ostentaban caprichosa red de erosiones; era el blasón de la familia.

—Enséñanos ese niño —ordenó Rafael, el segundo, que traía el pantalón desgarrado y la visera de la gorra caída sobre el cogote.

La niñera ostentó el pequeño calmuco, colocándolo de manera que los niños lo pudieran admirar.

—¡Qué feo es! —exclamó Felipe, el tercero, volviendo la cara con despego.

—¿Es tuyo? —preguntó Pepito.

—Calla, mazcayo; si es soltera... —dijo Alfonso, el mayor, inflando los carrillos, volviendo el brazo derecho en señal de desprecio, y mirando á Pepito por encima del hombro.

—Eso ¿qué tiene que ver? —añadió Pepito.

—¿Tú no conoces á papá, Fina? —preguntó Alfonso.

Y como Fina respondiera que no, los cuatro á un tiempo se pusieron á vociferar, llamando á su padre, con alaridos tan penetrantes, que tita Anastasia se llevó las manos á las orejas y el calmuco se despertó furioso.

Alfonso del Mármol acercóse á saludar á Fina, sombrero en mano.