al modo de la tela que se baña
en la púrpura. Luego, el sobrehumano
goce de no mirar y ver, prodigio
de tenerte cual bálsamo en redoma,
discernir, como el ojo alejandrino,
más claramente dentro de la sombra.
Prefería, con sensitiva dilección, los metros impares, según aquel dicho de los antiguos: numero Deus impari gaudet, percibiendo en ellos más refinada armonía que en los pares, y una gracia incierta y flotante de inestabilidad que es adecuada correspondencia de ese último vaho ó comezón en el ápice del espíritu, en cuyo seno vibran los requerimientos líricos. Procuraba también que los versos vivieran en un curso ondulante, fundiéndose unos en otros y todos ellos en una atmósfera tónica común; y para ello apelaba sin reparo al recurso que los retóricos llaman encabalgamiento, que es al metro lírico lo que las notas ligadas al violín, ó lo que el modelado aéreo á las pinturas leonardescas.
Cuando aun participaban del trémulo ardor de su pecho, Alberto leía á Fina los poemas que había rimado. Fina los escuchaba, contagiada de la emoción del poeta, de suerte que, en terminando la lectura, el divino intérprete de las altas tensiones amorosas no era raro que sobreviniese á sellarles en silencio los labios. Pero á solas, Fina reasumía la serenidad clarividente, que era la característica de su espíritu, y cierta zozobra se apoderaba de ella. Temía que la exaltación de Alberto se alimentase á costa de la constancia. Conforme pasaban los días, Fina vió, con gran contento, que su novio humanizaba cada vez más sus sentimientos, trocando y concretando lo que era ocasión de éxtasis y arrobo en bienes deseables y asequibles. Las figuras elegíacas adquirieron nuevo carácter. Eran:
Sobre la almohada, el lóbrego
caudal de tus cabellos,