Los deleites contemplativos se habían transformado en estímulos de la voluntad. Alberto comenzaba á construir un ideal, á desear. Cuando determinó su plan de trabajo, según el evangelio de San Francisco (no trabajar por amor al dinero; destilar la sensualidad en sensibilidad; ser obediente, ó sea, ser sincero consigo mismo), Fina comprendió que su ventura por venir, aunque en esperanza, mostraba el fruto cierto. Y por último Alberto se encontró un día cara á cara con:

EL IDEAL

Un ángulo me basta entre mis lares,

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.

Andrada.

Una casa, y no más; blanca y sencilla,

lejos del mundo y de los hombres vanos.

Un huerto en que frutezca la semilla

por la virtud humilde de mis manos