y del sudor labriego de mi frente.
Una vida sin odios cortesanos,
incertidumbre del placer presente,
angustia mensajera del mañana,
y envidias, donde el mal abre su fuente.
Una vivienda pobre y aldeana,
cerca del bosque, y que del mar, amigo
de mi risa infantil, no esté lejana.
En su quietud, á solas, sin testigo,
he de labrar el alma como el huerto,