del vendaval poniéndome al abrigo.

Mi brazo en la labranza se hará experto,

y aguzaré del alma las pupilas

cuando en negrura el orbe esté cubierto

y las obras de Dios yazgan tranquilas.

Morderé de la amada biblioteca,

la fruta idónea, entre apretadas filas,

cuyo zumo no se agria ni se seca.

Vestiré el alma con el recio lino

que la historia hubo hilado con su rueca.