Y acaso, cuando el gallo matutino
á media noche el aquelarre ahuyente,
iré á besar con amoroso tino
el rostro sonrosado y sonriente
del infante gentil que hayamos hecho
en minutos de amor, puro y ardiente.
Después reclinaré sobre tu pecho
mi cabeza cansada y cavilosa:
y será un paraíso nuestro lecho.
Al otro día, entre la luz brumosa,