veremos en las flores el rocío,
y la tierra estará como una rosa
recién nacida. Yo diré: Dios mío
que no nos huya nunca tanto bien.
Y al besarte, responderás tú: Amén.
Exit.
De esta vez Alberto había subyugado á la familia Tramontana. Todos habían puesto en él fe ciega, y de antemano se enorgullecían de que con el tiempo el sordo apellido familiar corriera el mundo ensamblado á un nombre rimbombante y glorioso. Don Medardo aseveraba que, á la vuelta de un año, Alberto habría llegado á la cúspide de la gloria; siempre había pensado que su futuro yerno no había nacido para llevar una vida oscura y antihigiénica, sino para brillar sobre el común de las gentes. Como Alberto declarase que el carácter particularísimo de sus empresas exigía de él que fuera á establecerse de asiento en Madrid, durante una larga temporada, todos mostraron reconocer esta necesidad; pero don Medardo, atacado de noble impaciencia, le hostigó á que se fuese cuanto antes.
—El tiempo es oro, hijo mío —dijo—. El artillero siempre al pie del cañón. El corazón no me engaña, y como veo que ahora vas de veras, y que no te has de olvidar de Fina, te digo: márchate cuanto antes, y duro, duro, duro. El mundo es para ti. Y luego, nada de viajecitos de Madrid acá, á cada tres por cuatro. Ya no sois chiquillos, y las relaciones son serias. Á subir, á subir á la cúspide.
Cuando Alberto se despidió de Fina, el uno y la otra estaban seguros de que el porvenir les reservaba para un corto plazo la casa blanca y sencilla, entre el bosque y el mar. Don Medardo acompañó á Alberto á la estación. En el momento de arrancar el tren pensó decir: Dios te ayude, hijo mío; pero una extraña afonía le apretó la garganta.