—¿En seguida?

—Hoy mismo si quieres, se lo digo á tu padre.

—No, espera. Yo te avisaré cuando sea buena ocasión.

Callaron unos minutos. Dijo Alberto:

—¡Y yo que pensaba que estabas enamorada de Ettore...!

—¿Yo de ese...? Vamos.

Alberto no se atrevió á mirar en los ojos verdes, por miedo á la expresión maligna. Su impasibilidad filosófica había huído como un sombrero que arrebata de la cabeza el viento y sintió que toda su vida anterior, tan artificiosamente elaborada, estaba sujeta como sobre palillos.


II

Meg, durante la comida de la noche, se mostró tan expansiva y risueña que sus padres, aun cuando no acostumbraban parar atención en los acontecimientos externos, hubieron de advertirlo.