—¿No ves, Meg, que no sé lo que hago; que estoy todavía sin saber lo que me pasa, como estúpido? No te apartes de mí; que yo te sienta unida á mi cuerpo, queriéndome...
—No me hagas caso, que te quiero, que te quiero...
Meg terminó así su frase, pero en la frente de Alberto resonó prolongada; que te quiero, puss... puss... Era lo mismo que le decía á Pussy, el gatito, tres años antes; y los arrumacos, ternezas y suspiros con que ahora mareaba á Alberto parecían de igual naturaleza que aquellos otros con que, hacía tres años, atosigaba sin tregua al gato.
—Mira, Albertino; soy feliz. Ya no podía más; no hay quien pueda vivir en mi casa, ya lo habrás visto. Es un infierno; peor que un infierno. Si tú no me sacas de aquí yo creo que me muero en muy poco tiempo. Papá y mamá no son personas; son dos energúmenos. Siempre están furiosos, rabiosos por dentro, aunque quieran ocultarlo. Yo no podía ya más. Bien dice el proverbio; Bacco, tabacco e Venere, riducon l’uomo in cenere.
—Por lo que más quieras, Meg; vuelvo á decirte que me lastima oirte hablar de cierta manera.
—¿Cómo quieres que hable, Albertino? —suspiró Meg, apoyándose sobre el pecho de Alberto—. ¿Quién me enseñó á hablar de otra manera? ¿Qué cosas he visto yo desde que era niña? —su voz, á cada palabra, se hacía más árida y hostil. De pronto se enterneció y derrumbó en vocablos trémulos, entrecortados—. ¡Sácame de aquí! Yo quiero vivir, ser feliz y ser buena. Quiero escaparme contigo.
Durante un instante, Alberto permaneció anonadado. Después, con resolución desesperada y suprema de abandonarse á la fatalidad, afirmó:
—Nos casaremos en seguida.
—¡Oh, Albertino, te adoro! No me atrevía á decírtelo... ¿De veras quieres casarte conmigo?
—Sí, Meg.