—Meg, por lo que más quieras, te ruego que no me llames monín.
—¡Ay, cómo eres! Me haces sufrir. Quiero llorar —se ocultó el rostro con las manos.
—No quiero que llores; no quiero que llores... —y apartándole las manos le besaba los párpados, sedeños y ardorosos.
—Llévame en brazos hasta aquel banco —reía, y sus ojos estaban húmedos aún. Vestía un traje de fina seda azul, lacia y flotante. Á través de la tela transparecía el descote de la camisa, con sus festones y lazos; el rosa de la piel, en la parte alta del pecho y en los brazos, tomaba visos color violeta.
Alberto tomó á Meg en el aire, sustentándola con un brazo por las corvas y el otro por media espalda, á la altura de las axilas, y de esta parte la mano en el nacimiento de un seno. Con el amoroso bagaje, tierno y casi ingrávido como un gran brazado de flores, Alberto condujo sus pasos hacia el banco rústico, y de camino besuqueba á la niña. Iba á dejarla suavemente en el asiento, pero Meg dijo:
—No; siéntate tú, y yo sobre tus piernas.
—No hagamos desatinos, mi vida, que nos pueden ver.
—Y á mí ¿qué me importa?
Alberto no quiso mirarla á los ojos; estaba seguro de que la expresión maligna alentaba dentro de ellos. Cuando estuvieron sentados, tal como quería Meg, ésta envolvió y aturdió á Alberto con una muchedumbre de caricias y besos, complicados y sapientes. Alberto recordó entonces la agudeza y atención con que Meg, siendo niña, observaba las expansiones voluptuosas de sus padres. Sintió cierto malestar, y, sin darse cuenta, rechazó débilmente los mimos de Meg.
—¿Qué haces, Alberto? ¿No quieres que te bese? —su voz temblaba—. ¡Ingrato, infame! No te quiero, se acabó todo... —intentó levantarse, pero Alberto la retuvo.