Alberto sólo atinaba á murmurar:

Meg, my Meg, my sweet Meg.

Meg se sentó en la hamaca.

—¿Crees que estaba dormida, tonto? Me hacía la dormida para que te atrevieses. Desde el mismo momento de tu llegada no pensé en otra cosa que en enamorarte. Y ya lo había conseguido, pero tú no querías enterarte, tonto, tontito. Si hasta llegué á pensar que yo tenía que declararme...

Alberto se sumía con dolorosa ansiedad en los ojos verdes de Meg, temiendo ver aparecer de nuevo aquella expresión maligna que, siendo niña aún, adoptaba para martirizar y ofender á su hermano.

—¿Qué me miras así, que parece que has perdido el seso? ¿Te gusto mucho, eh? ¿Me quieres mucho, verdad?

—Meg, Meg mía, no me hables así.

—Pues ¿cómo quieres que te hable? No sé hacerlo de otra manera. ¿No ves que estoy loca, loca de felicidad? Dime cómo he de hablarte para que también lo estés tú.

Alberto callaba. Un ligero temblor le sacudía, y como que se avergonzaba de sí propio.

—¿Pero qué te pasa, monín?