—Ó mucho me equivoco, ó á ese joven le gusta bastante su hija de usted.

Bob no se daba por enterado. Alberto continuó con algún desconcierto:

—Es un guapo chico.

—¿Quién es guapo?

—Ettore, el vecino.

—No me hable usted de ese botarate.

Un goce astuto se posesionaba del corazón de Alberto.

—Botarate... No sea usted cruel, Bob.

—Y decía usted... que Meg, con ese... Pero ¿es que hay derecho á ser tan joven cuando no se conoce el valor de la vida? —Se quedó meditabundo—. Al fin de cuentas... con alguno ha de ser, y cuanto antes sea, mejor. Pero le ruego que no me hable de estas cosas.

Bob dejó caer la cabeza sobre el pecho. Alberto ahora estaba apenado, inquieto. Á los pocos minutos Bob dormía, roncando discretamente. Alberto tomó un libro de una mesa, á la ventura, é hizo como que se imaginaba que si salía al jardín era por leer al aire libre y á la sombra de los árboles. Recorrió algunas veredas y exploró diversos escondrijos; pero no hallaba sitio agradable en donde acomodarse. Iba de un lado á otro, agitado é impaciente. Dió la vuelta á la vivienda, encaminándose hacia un pequeño bosque de araucarias, á la entrada de la villa. El calor era tenaz y denso. Dentro del bosque se respiraba fragante frescura. Alberto dilató sus retinas é inquirió en la penumbra. En una hamaca, suspendida de tronco á tronco, Meg dormía. La cabeza se doblaba en leve escorzo sobre el hombro derecho, y el brazo del mismo lado pendía al aire. Alberto se aproximó, andando de puntillas; luego acercó su cara á la de la niña, hasta recibir la tibia tenuidad de su aliento. En aquel ambiente de cauta luz el color de Meg no era humano, sino sustancia diáfana, amasada de resplandores nacientes, con oriente, como las perlas. Entre los labios, de rosa pálido, palpitaba el eco de una sierpecilla profunda que silbaba. Y Alberto, desfallecido de compasión, de ternura, quizá de amor, se inclinó á besar con delicado tiento la boca de Meg. Creyó que las fuerzas le iban á faltar; temió caer sobre la niña, despertarla. Incorporóse, demudado de color y la respiración suspendida. Por segunda vez se inclinó, y ahora, alargando el beso con infinita delectación, se encontraba como ebrio. Quería apartarse de aquella dulce y divina boca, pero no se determinaba á renunciar á ella. Intentó quebrantar bruscamente el encanto, pero, al levantarse, los brazos de Meg le aprisionaron por el cuello, y entonces fué ella quien besó, con besos rápidos, prietos y sonoros, mezclados con risas y lágrimas.