—Meg, hija mía; mejor acompañas á Ettore al jardín. Alberto y yo tenemos que hablar.

Se veía que el mozo no deseaba otra cosa. Alberto, que le espiaba con disimulo y leía en su pensamiento, sintió gran contrariedad y una angustia extraña, algo semejante al malestar de los celos que hacía años, en su adolescencia, había experimentado.

En saliendo Meg y Ettore, Nancy se levantó:

—Puesto que tenéis que hablar... —Y se retiró majestuosamente.

—¿Quería usted decirme algo, Bob?

—Nada. Quería quedarme á solas con usted. ¿Vamos al sitting-room?

—Como usted guste, Bob.

La estancia daba al jardín por unos ventanales corridos, en aquel momento ocultos por las persianas. Alberto paseaba de un lado á otro, y á pesar suyo, buscaba algún resquicio á través del cual curiosear en el jardín. Bob se había dejado caer en una butaca.

—Querido Bob; estoy pensando que quizá se le haya presentado á usted la ocasión de casar á Meg.

Bob levantó la cabeza. Escuchaba á Alberto, sin interesarse en lo que decía; prosiguió Alberto.