Alberto caminó siguiendo la línea más avanzada del jardín, junto á la cerca, sobre la cual se empina la ramazón de una ringla de sauces, y va á caer de la otra parte, dentro del lago, con graciosa enlomadura que parece una cascada de sutiles aguas verde-gayo. Descendió al embarcadero, saltó á la canoa, que á entrambos lados de la proa llevaba el nombre Margherita, y salió remando lentamente. En el centro del lago, abandonó los remos, se despojó de la chaqueta y se recostó en los cojines de popa. Desde allí se veía la coyuntura de los dos brazos de agua, abocinándose en la raíz de las montañas; uno hacia el lago de Como, por detrás de Mont-Brè, otro hacia el lago Mayor, á espaldas del San Salvatore. En circunferencia y contra el cielo límpido, destacaban los berruecos de las cimas, de color violeta y rotundo contorno. Por los flancos asoleados, velluda vegetación, de un verde cálido y esponjoso, tendíase con la oblicuidad de un manto que resbalase sobre un pavimento de lustrosa ágata lechosa, venada de verde-ajenjo, que tal era el lago. Los flancos ensombrecidos, con sus hendeduras y quebradas bermejizas, exhalaban un vapor argentado y tenue; al pie de ellos, el agua parecía compacta como un bloque de malaquita pulimentada.

Alberto se abandonaba al hechizo del momento, á la fruición de la naturaleza, conforme á un ritmo de tres tiempos, compás de su vida presente. Primero volvíase á mirar las cosas; la pupila vaga y los labios entreabiertos, de suerte que el espíritu se le huía volando al mundo externo, como la paloma del arca ó el gerifalte de la mano del halconero. Después fruncía cejas y boca, entornaba los párpados, y aplicábase á mirar con el ahinco penetrante del pintor que se pone á interpretar una melodía de colores, ó del enamorado que con los ojos se abreva en la hermosura deseada. Por último, se recogía dentro de sí propio, con los párpados cerrados, á gozarse en los deleites intelectuales y estéticos de sentir destilada en su espíritu la realidad, y no la realidad hermética é inerte de la materia, sino una realidad templada, traslúcida y expresiva.

En tres años, la vida de relación de Alberto había sufrido muchas sacudidas y vaivenes. Literariamente había logrado la estimación de los doctos y la benevolencia del público, pero los rendimientos que sus obras le dejaban no le hubieran bastado para vivir con decoro. Quiso su buena fortuna que la justicia hubiera echado el guante sobre Hurtado, sorprendiéndolo en la isla de Cuba y repatriándolo juntamente con una pingüe cantidad de dinero, parte que había levantado de Pilares, y otra parte, más considerable aún, que había ganado en América por medio de especulaciones atrevidas y hábiles, de manera que los acreedores, cuando ya habían renunciado á todo, se encontraron nuevamente en posesión de los perdidos bienes.

Á través de laborioso proceso sentimental, Alberto había llegado á lo que él juzgaba como última y acendrada concentración del egoísmo, al desasimiento de las pasiones y mutilación de todo deseo desordenado; al soberano bien, al equilibrio, al imperio de sí propio, á la unidad. Su actividad científica y su autodidactismo estético no tenían otro fin que el de intensificar la sensación de la vida, como placer supremo. Y así, á pesar de haberse erigido en centro de todo lo creado, su moral era triste, severa para consigo mismo y tolerante para con los demás; su estética, á pesar de haber nacido por obra de una aristocrática selección de las ideas, era democrática y elevaba á la dignidad de la belleza todas las cosas naturales; y en suma, así como su existencia era una llama entre dos sombras, su sistema lindaba de una parte con la escéptica oquedad inicial de donde había surgido, y de la otra con una oquedad en donde su voz perecedera advertía lejanos ecos místicos. Diferenciando los dos linajes de conocimiento, del sentir y del pensar, sabía que entrambos se engendran en el amor, y equiparando el placer de vivir á la certidumbre de conocer, había llegado á proyectar una simpatía universal sobre todo lo creado, á amar á todo por igual. En este punto, la mujer no podía ofrecerle otra cosa que el placer sensual y efímero de la degustación, como el manjar que en las fondas pasa de un huésped al otro, ó el goce desinteresado de la contemplación, en la propia medida que todo lo existente. No podía consagrar su vida á una mujer, doblar la perpendicularidad de su vida ligándola á otra vida ajena. Y había escrito, rompiendo con Fina. Al recibir la carta Fina había dicho, con voz resuelta: Ya no volverá. Como no respondiera nada, Alberto, después de unos días pensó que Fina se había doblegado con resignación á la fatalidad de los hechos.

La canoa comenzó á danzar, zarandeada por la vasta ondulación que un barco de vapor movió á su paso. Eran las doce y media. Alberto requirió los remos y aprestóse á remar recio. Llegó á Villa-Anita sudoroso, encendido y sin resuello. Bob, Nancy y Meg le aguardaban para almorzar. Disculpó su tardanza y luego de asearse un poco, en el mismo surtidor del jardín, subieron los cuatro al comedor.

Los tres años transcurridos habían mudado el aspecto de la familia Mackenzie. Faltaba el jorobadito. El verano anterior se le había hallado flotando en las aguas del lago. Se atribuyó el hecho á un accidente casual, pero lo cierto es que, aunque la familia Mackenzie evitara pensar en ello, Ben se había suicidado. Bob había envejecido vertiginosamente; su boca befa se desmayaba, con mueca idiota; la puntiaguda barba había perdido su oro trigueño y era blanquinosa; las manos fofas, ebúrneas y azulinas temblequeaban de continuo; en sus ojos acerados se confundían dos lenguas de fuego, la lascivia y la desesperación de no poder satisfacerla. Anita, conservaba aún su continente prestancioso de Virgo Vestalis Maxima, pero su carne rubia estaba agostada, marchita, deformada lamentablemente por prominentes venas negruzcas, y su rostro traicionaba un anonadamiento definitivo. Meg había subido á un grado excelso de belleza, espiritualizada por cierta demacración del rostro, el livor de los ojos, la tenuidad de los labios y la frágil esbeltez del torso. De vez en vez tosía, con sacudidas débiles y quejumbrosas, como el sollozo de un niño. Bob, con su sentido sensual y rudo de la vida, había dicho á Alberto:

—Meg se nos muere si no da pronto con un hombre. Al fin de cuentas, es lo mejor que puede ocurrirle.

Alberto pensaba también que acaso el amor salvase á Margarita.

Durante el almuerzo, Alberto procuró hablar de continuo, porque sabía que Bob tenía miedo al silencio y á la soledad. Bob y Nancy evitaban mirarse, y si por fuerza el deseo los arrastraba á buscarse los ojos, veíaseles caer de pronto bajo una lobreguez plúmbea. Bebían sin tasa, hostigados de malsana ilusión. Meg aquel día estaba triste y callada. Solía oscilar, radical é inesperadamente, del abatimiento á la alegría desbordada. Por dos ó tres veces Alberto tropezó con sus cándidos ojos verdes, que parecían implorar la salud y el contento.

De sobremesa, apareció en el comedor un joven de la misma edad de Meg; el perfil apolíneo, rasgados é insolentes los ojos, la boca carnal, el cabello rubio y abundosamente ensortijado, fuerte y desenvuelto de cuerpo. Se llamaba Ettore Ségneri, y era de familia italiana trasplantada á la Argentina. Habitaba en una villa al lado de Villa-Anita, con sus padres. Bob lo recibió descortésmente. No podía disimular que el espectáculo de aquella juventud espléndida le hería é inspiraba sentimientos de odio.