—¿No toman ustedes café? —preguntó Nancy.

—Lo tomaremos allí.

—Pues si os marcháis yo me retiro á mi cuarto; anoche he dormido mal —declaró Meg con enorme desdén hacia el joven apolíneo, el cual estaba visiblemente azorado y dolido.

Alberto pensó: Está enamorado de Meg. Y luego: Meg quiere darle celos conmigo. La niña había venido del lado de Alberto y se apoyaba en su brazo.

—Eres muy egoísta, papá —dijo, con triste mohín—. Siempre te llevas á Alberto; lo quieres para ti solo.

—Ea, déjanos niña.

—Voy á despediros.

Salió con los dos hombres. Desde la puerta habló sin mirar:

—Hasta mañana, Ettore.

En el jardín retuvo á Alberto unos momentos, y cuando Bob se hubo adelantado, bisbiseó: