—Veo que eres celoso, y eso es ofenderme.
—Si no te amase tanto no lo sería.
—Más te amo yo y no soy celosa.
—¿Más? Te prometo no ser celoso, Meg.
—Pero ¿te vas sin darme un beso?
—Tu padre...
—Bah...; papá no ve, ni oye, ni entiende.
Se ocultaron detrás de una gran mata florida de rododendros y Meg aplicó á los labios de su amante uno de aquellos besos profundos y prolijos que había aprendido en sus padres. En Cassarate, Bob y Alberto tomaron un coche.
Los jardines y el café del Kursaal estaban desiertos. Alberto inquirió, de un mozo. Había función de variedades, en el teatro. Tomaron butacas de las primeras filas, y allí, ordenaron que les sirvieran el café. En el escenario, dos gimnastas, varón y hembra, con mallas color de lila, hacían ostentación de su animalidad. Á continuación aparecieron en el palco escénico tres acróbatas grotescos, vestidos, como ahora es uso, de manera desastrada y cochambrosa. Bob seguía el espectáculo con algún interés, olvidándose de sí propio y riéndose á veces. Por el contrario, Alberto estaba ensimismado, ebrio de una exaltación que no sabía si era venturosa ó aceda. Una sacudida de Bob le obligó á volver á la realidad.
—Vamos, vamos fuera de aquí. Esto es idiota.