—Pero ¿qué ocurre?

—Es un espectáculo idiota. No puedo aguantarlo —y salió tan deprisa como pudo.

Alberto le siguió y de pasada pudo ver que en escena había una cupletista, y oir el estribillo del cuplé repetido machaconamente: La gioventù non ritorna mai.

Subieron al gran salón de juego. Estaba vacío. Sentados frente á las dos concavidades de la enorme mesa verde, en forma de violón, cuatro croupiers hablaban lánguidamente, con aire de agotamiento y exangües rostros inexpresivos. En ocasiones, uno de ellos golpeaba distraído la pelota de caucho, la cual empezaba á rodar arbitrariamente sobre el mosaico de madera lustrada en donde están los números dentro de una circunferencia de caballitos que galopan en fila.

Los dos amigos penetraron en la sala de lectura. Bob pidió whisky. Hojeaba los periódicos y los arrojaba con despego, sin haberlos leído.

—¿Qué le ocurre á usted hoy, Alberto, que no habla nada?

—¿Eh? —Alberto tenía diluída sobre el rostro una sonrisa que era reflejo de una idea.

—¿Por qué se ríe usted?

—Me río de un recuerdo.

—¿Se puede saber?