Subió á encerrarse en su cuarto y se dejó caer sobre el lecho. Su espíritu era un hacinamiento confuso de escombros. Permaneció largo tiempo como alelado. Un ruido cauto que sonaba en la puerta le obligó á incorporarse, con sobresalto. Vió penetrar un papel color rosa, por la rendija, que luego cayó al suelo. Durante un rato le dejó yacer allí, abandonado. Por fin, lo cogió y lo leyó:

«No tengo paciencia para hacerte sufrir toda la noche. Yo sufriría más que tú. No hagas caso de lo que te he dicho hace dos horas. Era por probarte. Ahora ya sé que me quieres de veras. ¿Yo? Te adoro, te adoro, te adoro. Kisses, Kisses, Kisses. Tuyísima y para siempre,

Margarita

Con esta ardiente epístola Alberto recibió una punzante y nebulosa contrariedad que no podía explicarse.


IV

Al día siguiente, Meg lloró con increíble abundancia hasta que Alberto le dijo por vigésima vez que la había perdonado y que había dado por entero al olvido su chiquillada.

—Pues aún no estoy tranquila. No eres sincero conmigo. Algo hay que no me dices. Te lo conozco en la cara. Si hasta parece que no te gusta besarme.

Estaban en el bosquete de araucarias. Alberto tenía vergüenza de confesar que sentía celos horribles.

—No te oculto nada, Meg. Y en cuanto á que no me gusta besarte... —la besó delirantemente, estrujándola contra su pecho.

—Así, así —suspiraba Meg, casi ahogada y tosiqueando á veces.