Por detrás de las cortinas espió, oyendo á hurtadillas las venas de la habla divina de Meg. Á lo largo de la avenida última, al borde del lago, paseaban cogidos del brazo los dos jóvenes; cuchicheaban, y Meg reía con alborozo. «Parece que lo hace para que yo lo vea», rezongó Alberto. No daba crédito á sus ojos. Aquel mismo día, después del almuerzo, Meg le había prodigado las mismas apasionadas muestras del día anterior. Pretendió satisfacerse á sí propio con una explicación natural del hecho. «Eso ¿qué tiene de particular? Se conocen desde niños...» Pero sentía un dolor tan acerbo como nunca lo había sentido. Se propuso hacer una escena á Meg en la primera ocasión, mostrarse severo, hasta cruel, y declararle de una vez para siempre que no admitía tales libertades. La ocasión se presentó después de la comida. Bob se había retirado, rendido por el ejercicio de la tarde. Alberto y Meg quedaron solos. Alberto sentía borbotear dentro de su pecho impulsos coléricos, pero como Meg se bruñese distraídamente las uñas, con afectado despego, sin dignarse darse por enterada de que él estaba presente, el joven comenzó á vacilar, y su entereza se derrumbó en un punto. En actitud de encogimiento y súplica se acercó á la niña, mendigando una mirada ó una palabra de amor.
—¡Meg...! —rogó temblando.
—¿Qué te ocurre?
—Meg, no me atormentes.
Meg saltó nerviosamente del asiento y se puso en pie, mirando á Alberto con ojos ariscos y labios burlescos.
—Explícate.
—Si me quieres, como dices...
—¿Que yo digo que te quiero? Tú te has vuelto loco.
Alberto se aterró. Sus pupilas se distendieron, con horror pánico. No podía hablar. Giró sobre sus talones y, con paso torpe, tomó el camino de la puerta.
—No te vayas. Tengo que decirte una cosa —Alberto se detuvo á escuchar, sin mirarla—. Si has tomado en serio lo que sólo era capricho de divertirme, haz por olvidarlo cuanto antes. Yo te ayudaré lo mejor que pueda.