—No me riña, Alberto. No sé lo que digo, á veces. Tiene usted razón. Volvamos á casa. No puedo estar entre gente; me hace daño.

Antes de salir del salón, Bob se detuvo ante un espejo á mirarse con expresión lacrimosa y desolada. En el café ingurgitó otro whisky, y volvieron á la villa en coche. Á mitad de camino, dijo Bob:

—Una de las cosas que más grabadas se me han quedado aquí dentro —se golpeó la frente—, es algo que hace años le oí á usted, acerca de la amistad. Decía usted que la amistad es la virtud fundamental y necesaria para la vida, y que el hombre será tanto más feliz cuanto acierte á convertir sus afectos en amistad; que se puede vivir sin padres, sin hijos, sin amantes, pero no sin amigos; que el amor paternal, filial ó sexual no es duradero, ni satisfactorio, ni aquietante, á no ser que se le haya hecho derivar hacia un sentimiento de amistad estrecha; que hasta la misma afición á los seres irracionales y á las cosas inorgánicas ha de ennoblecerse con un carácter amistoso; que la amistad es el único género de afecto en el cual, el que ama, no abdica de su personalidad, ni tiende por ella á anularse, entregarse, destruirse; y que desgraciado de aquel que cuando ama á una mujer cae del lado de la pasión en lugar de orientarse á la amistad.

Bob hablaba con lentitud y esfuerzo, titubeando, cazando á sacudidas las palabras que se le escapaban; concluyó:

—¿Cree usted que la pasión es demasiado fuerte, ó está demasiado arraigada? ¿Que ese género de estrecha amistad es ya imposible? ¿Cree usted que es ya demasiado tarde?

Bob temblaba. Alberto, pensando en lo suyo, respondió sombriamente:

—Es ya tarde.


III

Alberto se había tendido sobre la cama. Acababa de llegar, después de haber remado durante dos horas, en compañía de Bob. Era un atardecer caluroso, pesado. De pronto se incorporó. Le había parecido oir la voz de Meg y de Ettore, entremezcladas, en el jardín.