Bob se paseaba alrededor de la mesa. De vez en vez se detenía á mirar insolentemente á un viejo ó á una vieja cara á cara y con mueca de fruición sarcástica. Alberto estaba esperando que de un momento á otro ocurriera un incidente enojoso. Bob volvíase hacia su amigo, y decía, riendo con agrura:
—That skull had a tongue in it, and could sing once. ¡Ja, ja! Vaya, que al más grande hombre se le escapa una majadería: esta calavera tuvo dentro una lengua con que podía cantar. Bah; después de muerto, ¿qué hace haber ó no haber tenido? No, no es eso. Esa cara asquerosa y acartonada tuvo en un tiempo boca con que enardecer y ojos con que acariciar, y quizás fué hermosa y deseable. That is the question, sweet Shakespeare.
Su irritabilidad aquella noche era mayor que nunca.
Á un extremo de la mesa estaba sentado un joven alemán entre dos prostitutas de alto copete, alemanas también. El hombre ostentaba un cráneo pelirrojo y muy rapado, como una naranja gigantesca. Las mujeres eran dos bellezas atocinadas y bovinas, á la tudesca, de cuello chato y rollizo y terribles hombros desnudos, color de sebo. El joven las manoseaba con lujuria lenta y grave. Bob se les quedó mirando enconadamente.
—¡Ah, imbécil! ¿Qué haces? ¿No ves que estás sembrando el dolor del mañana? Mira al lado tuyo todas estas caras repugnantes que tuvieron labios y lengua y ojos... ¡Ah, imbécil!
Continuaba profiriendo desatinos y desvergüenzas, hasta que Alberto le atajó:
—Que pueden entender castellano...
—¿Y á mí qué me importa?
—Bueno; basta ya. Es demasiado. Se pone usted imposible.
Bob hizo un gesto de niño medroso á quien maltratan; parecía que iba á romper en llanto.