Of the brook are her poor flowers, weed —o’errun—,

Pansy and daffodil, rose and pink.

¿No era la casa de Fina en Villaclara? En aquellos mismos instantes ¿no estaría Fina esperándole, cantando, por alimentar la confianza, á la vera de la ringla de colmenas? ¿No era Fina el escudo contra el peligro de toda loca pasión futura, y corona de rosas para una frente serena? ¿No le unía aún á Fina un amor hecho amistad estrecha, incorruptible como un diamante?

Formulaba Alberto en su pensamiento estas que no eran preguntas sino en la forma retórica, que en sustancia eran afirmaciones, cuando retornó Meg. Se agazapó al flanco de Alberto, como buscando protección para su alma quebradiza y caprichosa. Era en aquel punto una criatura toda humildad, solicitud y renunciamiento. Dijo:

—Lo que tú sabes mejor que yo, no tengo para qué contártelo. Yo me hubiera alegrado de que nunca lo hubieras sabido, pero me doy por satisfecha al ver que de un mal puede venir un bien tan grande como el que ahora siento. Es verdad que fuí una loca, que fuí muy mala, muy mala. Yo quiero ser siempre buena, pero no sé cómo, á veces hay una fuerza extraña que no sé de dónde viene, y me obliga á hacer maldades. ¡Si supieras cuánto he llorado, desesperada de no ser nunca dueña de mí misma! Llegué á atribuirlo á la influencia de mi casa, á esa desesperación sorda y continua que hay siempre en mi casa; á esa tristeza que no es una tristeza tranquila como otras tristezas, sino una tristeza agria que le envenena á una. Y entonces, fuera como fuera, aun cometiendo una falta para toda la vida, decidí escaparme de casa, y estaba segura de que en huyendo iba á llegar á ser buena. Yo no sé si me explico, ó si tú me entiendes. Te juro que digo la verdad. Lo de Ettore... ¡Yo qué sé! Quiero llorar... ¿Ves? Una de tantas cosas como hago sin saber cómo, arrastrada, sufriendo. Pero ahora me parece que comienza una nueva vida. Nunca me he sentido tan buena como hoy, ni tan segura, y es que me parece que me apoyo en tu corazón. (Una pausa.) Ahora te digo; puedes pedir mi mano á papá.

—Meg, niñita mía, ¿eres realmente buena?

Meg levantó sus ojos con dulce desolación infantil, como preguntando: ¿es posible que lo dudes?

—Vamos á probarlo ahora. Si estás segura de ti misma como dices, y sientes que comienza una nueva vida, prepárate á oirme con entereza. No puedo pedir tu mano á tu padre, porque sería una locura. Olvida todo lo pasado. Yo no puedo ser tu novio, menos aún tu marido. Te quiero, sí, como un hermano mayor, quizá como un padre.

Meg atribuyó estas frases á un deseo de chancear, pero al ver el rostro de Alberto y su severidad noble, comprendió que todo se había perdido para ella.

—¿Por qué me has engañado?