—No te he engañado, Meg. Yo era el engañado, no porque tú me engañases, que yo á mí mismo me engañaba.
—Sí, sí, lo comprendo. He llegado á quererte demasiado, y demasiado pronto. Lo comprendo.
—Quizá sí.
—¿Y qué piensas hacer?
—Marcharme mañana mismo en el vapor de las siete.
—¿Y sabes que tu marcha puede ser la muerte de papá... y la mía?
—La muerte, para tu padre, será una solución. ¿La tuya? ¿No me acabas de asegurar que te consideras fuerte y tranquila?
—Creo que te he escuchado y respondido con perfecta tranquilidad.
—Pues yo te digo que la vida es buena, siempre que sepamos nosotros conducirla bien. Y yo te digo, además, que debes ser feliz y que serás feliz.
—¡Feliz...! No sé cómo.