—Meg, niñita mía —la besó en la frente—; espera y confía.

—¿Qué vas á decir á papá?

—Nada. Marcharé sin que él lo sospeche.

—¿Quieres que baje á despedirte al jardín, mañana?

—Lo quisiera, pero creo que es mejor que no bajes. Adiós.

—¿No me das otro beso?

Alberto quiso besarla en la frente, pero Meg echó la cabeza hacia atrás y recibió el beso en la boca.

—Adiós, Alberto, y mira si soy fuerte que no lloro —pero cada palabra se desprendía de sus labios temblando como una lágrima.


VI