—Se ha olvidado de mí ese animal.
—¿Quién demonios llama? —preguntó Celedonio, el casero, desde el fondo de su habitación.
—Yo.
—El señorito. Voy, voy esnalando. ¿Quier que le abra la portalada de la casona?
—No; abre aquí. Entraré por el jardín.
Celedonio salió en mangas de camisa, con un farol en la mano.
—¿Cómo está el señorito? Asustome. Á estes hores... Buena tronada. ¿Dónde yos cogió? Por aquí, por aquí, con cudiao, que están les fesories...
En saliendo á la huerta, Azor acudió raudo, colérico.
—¡Azor! ¡Azor! —vociferó Celedonio, intentando ahuyentarlo.
Iba á lanzarse Azor, con los dientes arregañados, sobre Alberto, cuando éste, voleando el bastón con fuerza, le aplicó un palo en los brazos. Azor cayó á tierra aullando. Celedonio se acercó á examinarlo á la luz del farol. Sultán andaba también por allí, con el rabo entre piernas.