—Y yo digo que te voy á cortar el pico, Parrulo.
—Bueno, en mi casa mando yo —respondió el Parrulo, sin dar importancia á la amenaza y contando las monedas que Alberto le había dado—. Muchas gracias, señorito, y mandar.
El dueño del lagar y su hija se mantuvieron en la puerta hasta que el coche partió, cuesta abajo, cascabeleando alegremente.
El cochero y Manolo, en el pescante, reían á todo ruedo. Alberto les tocó en la espalda con el bastón, un makila de los Pirineos, rematado en tosca y larga contera.
—Á ver si podéis callar un momento.
Enojábale que la algazara matase una voz cauta y luminosa que en el pecho le comenzaba á manar.
Llegaron á Cenciella muy cerca de la media noche. Alberto, acompañado de Manolo, se encaminó por una calleja, al pie de las tapias de la finca, hasta la casa del casero. Con el bastón golpeó la puerta. Un perro ladró furiosamente.
—¡Azor! ¡Azor, calla! —gritó Alberto.
El perro ladraba, cada vez más enardecido.
Sultán se acurrucaba medroso á los pies de Alberto.