Con tu partida me partiste el alma;
y aquel beso que me diste en la alameda
me mató.
¡Ay, sí, sí! que te lo digo yo...
Al cantar, descubría los dientes, pulcros y parejos; la roja lengüecilla jugaba entre ellos, á veces. Los mineros, haciendo alto en el tute, escuchaban recogidamente. Pero, la absurdidad de la letra y la música andaban á punto de quebrar la fruición espiritual de Alberto. Dijo:
—Es muy bonito, pero basta.
Casi todos sus sentidos habían tenido regalo. Las tersas y aterciopeladas mejillas de Remedios se le ofrecían á Alberto como sazonado fruto en donde hundir los dientes, ó materia preciosa para acariciar el tacto. Llevó la mano al rostro de la moza, y cerró los ojos, por recibir más intensamente la sensación. Por todo el cuerpo se le difundió al modo de una delicia penetrativa ó suavidad oleaginosa, como si su alma resbalase sobre sedas velludas ó yaciese en un musgo fragante.
—¡Vaya, vaya! —Rezongó roncamente un minero.
—¿Qué ocurre? —inquirió el chigrero, con petulancia despectiva— Paezme á mí que va á llegar un día en que no vos abra la puerta de mi casa. Pa la ganancia que dejáis.
Otro minero, el más corpulento y lóbrego, se puso en pie. Habló haciendo avanzar agresivamente el hombro izquierdo, como el Colleoni ecuestre del Verrochio, y como los gallos de pelea: