Teresuca, saltando vivamente, se introdujo en la casa. Á su paso, una columna con su palmera simulada, comenzó á oscilar enérgicamente, dudando si caer á tierra ó recobrar el equilibrio erecto; al fin se decidió por la perpendicularidad decorativa.

Conforme á la tradición de la arquitectura pilarense, todas las casas tienen á la espalda una gran galería de vidrios. La de aquellas dos casas, daban á un gran espacio abierto; primero los jardines respectivos; luego, huertas, el trazado de algunas calles futuras, y al fondo la tupida hilera negruzca, envejecida, caprichosa, de las casas de la calle de la Madreselva, vistas por detrás.

Teresuca se asomó á la galería y llamó á Manolo, aplicando el procedimiento del sacudidor de alfombras, bien que hubiera sido ineficaz en el intento de la fachada. Ahora, el humilde artefacto manifestó virtudes de varita maravillosa en manos de un hada. Á su conjuro, levantóse pesadamente un ventanal de cristales, y del hueco emergió la faz monda y riente y el torso, en mangas de camisa, de un mozo que limpiaba unas botas de campo. Teresuca y Manolo se miraron largamente. Teresuca apretaba el hociquito. Manolo abría la bocaza; y la bota de monte, calzando su mano izquierda, adquiría un movimiento convulso. Pero ninguno de los dos rompía á hablar. Al fin, dijo Teresuca:

—Qué fato eres. Dame la mano.

Instintivamente, Manolo alargó una mano; con ella ofrecía un cepillo, embetunado y grasiento. Retiróla de pronto, al echar de ver su descuido, hijo de la emoción, y en su vez alargó la otra, oculta dentro de la bota. Y la volvió á retirar también sin saber cómo arreglárselas, en su aturdimiento é impaciencia, para desembarazarse de aquellos infamantes testimonios de su condición servil. Reíase Teresuca, y al mismo tiempo reía Manolo de su propia torpeza.

—Tíralos, hombre, tíralos.

Manolo sacudió, con desdeñosa brusquedad, los brazos: bota y cepillo cayeron al jardín. De ventana á ventana, se enlazaron de entrambas manos Manolo y Teresuca; se contemplaron deleitablemente y entablaron un coloquio entre amoroso é informativo. Eran novios desde hacía medio año. Teresuca, en unión de Camila, otra criada, había llegado por la tarde, adelantándose dos días á los señores, á fin de airear y adecentar la vivienda. Durante el verano se habían escrito, pero Teresuca se quejaba de que Manolo le contaba pocas cosas.

—Pocas cosas... Si te llenaba dos pliegos en cada carta, mujer...

—Sí, muchas filosofías que no entiendo. Como eres escritor... Pero á mí me gusta que me cuentes cosas, como en las novelas.

Porque, en efecto, Manolo era escritor. Había comenzado por tomar á hurtadillas libros de la biblioteca de su señorito; á solas los devoraba luego sin reposarse un segundo. Le atraían, de preferencia, los volúmenes doctrinales de filosofía, moral y sociología, porque los entendía menos, lo cual no era obstáculo para que los leyera de cabo á rabo varias veces y aprendiera de memoria las más laberínticas parrafadas. Una noche sintió revelársele su verdadera vocación; un ideal halagüeño y remoto se le ofreció en el espíritu como peldaño postrero de su vida. ¡Si llegara á ser concejal...!