Nunca en caletre de ayuda de cámara se habían albergado tan nobles ambiciones. Sus primeros ensayos literarios segregaban virus revolucionario. Quiso hacerse socialista; pero en el comité de Pilares le dijeron que ni los católicos ni los lacayos podían pertenecer al partido. Y luego, tendiéndole un cable: «Si usted quisiera abandonar su vida de servidumbre...» «Imposible», respondió Manolo. «Quiero mucho á mi señorito.» Cierto que profesaba afecto á su amo; pero más cierto aún que éste ponía en sus manos dinero abundante para los gastos de la casa, y que Manolo, administrándolo con una crecida comisión subrepticia, iba amasando rápidamente un caudal con que valerse por su cuenta y riesgo, lo cual no le impedía profesar ideas radicales, cultivar á su modo el intelecto, adquirir un vocabulario de palabras sesquipedales, como archisupercrematísticamente, asombrar á sus relaciones con el fárrago de su sabiduría, y enviar, bajo pseudónimo, á un periodicucho semanal de Pilares, artículos tremebundos, que comenzaban así, por ejemplo: «La contumelia de las circunstancias es la base más firme de la metempsícosis». Es decir, que era socialista frustrado y presunto capitalista. Misterios del humano sér, dentro del cual la lógica de los sentimientos y la de las ideas entablan con frecuencia abismáticos divorcios. La primera de estas dos lógicas hacía de Manolo un sér humilde con exceso, resignado y casi reptante, cuando se las había con un superior, sobre todo ante su señorito Alberto; y viceversa, una criatura olímpica y pomposa para con las personas que él consideraba en un rango inferior al suyo. Esta misma lógica le había arrastrado á una pasión voraz por Teresuca, la criada de los señores de Oliva. Teresuca era linda y pizpireta. Los señoritos de Pilares tenían puesto apretado cerco á su honestidad. No lo ignoraba Manolo, y por ello decía sufrir continuas inquietudes. Pero la muchacha le corroboraba de continuo su amor con tan dulces concesiones que el mancebo había llegado á rechazar toda hipótesis malévola sobre la conducta de su novia. Además, fuera porque los de Oliva la remunerasen abundantemente, fuera porque ella por sí misma se las industriase como Dios ó el diablo se lo diera á entender, es el hecho que la chica tenía amontonados unos miles de pesetas en la Caja de Ahorros. Esto enternecía á Manolo, porque le demostraba las dotes de previsión y modestia de Teresuca. Habían decidido casarse muy pronto. Físicamente, Manolo era un mozo de veinticinco años; rostro plano y sensual, y la frente muy angosta. Teresuca andaba por los veinte; sus ojos acerados, tan pronto suaves como hostiles, distraían la atención del resto de su cara y cuerpo: atraían y captaban como los de las serpientes. Excitaba una difusa sensación de agrado y de zozobra. Parecía ardiente y también fría, taimada.
Decía ahora á Manolo, suspirando y con un mohín duro de despego:
—Ay, Nolo; no sabes las ganas que tengo de dejar de servir... ¡Puaf, esta gentuza! ¡Qué aire, qué tono! No parece sino que los criados no somos hijos de madre. Te juro, Nolín, que cuando leo en los periódicos esos crímenes de una muchacha que mató al señorito, me lo explico perfectamente. ¿Qué dices?
Manolo, acaparado por la emoción, no atinaba á articular una de sus magnas sentencias. Oprimía, con viril tenacidad las manos de la novia, y sonreía embobado. De pronto, habló:
—Á propósito. Esta noche estáis solas en casa tú y Camila —y miraba la altura de la galería sobre el jardín.
—Calla, bobo, más que bobo; sinvergüenza —los ojos de la muchacha se entornaban, derritiéndose en una caricia. Después recobraron su expresión habitual. Preguntó:
—¿Y tu señorito?
—Durmiendo está una borrachera que trajo ayer.
—¡Arrea!
—Yo no lo sentí venir, pero esta mañana, cuando entré en su cuarto, estaba como un leño. En el suelo encontré una peineta, y paréceme que es de una cualquiera que la dejó olvidada. Además, la puerta de la calle estaba abierta. No sé lo que pasaría anoche.