Teresuca volvió á repetir:
—¡Arrea! Pues él parece bueno y simpático.
—Sí que lo es.
—¿Cuándo se casa?
—El diaño que lo acierte.
—Pues mira que así solo, siempre solo...
—Calla... —Manolo sumió la cabeza dentro de la casa. Sacóla á poco—. Suena el timbre. Adiós, vuelvo en seguida. Espérame.
Retiróse Manolo á recibir órdenes. Teresuca continuó recodada en la galería contemplando el crepúsculo. Sobre la tapia del jardín avanzaba, con pie insidioso y lomo elástico, un gato negro. En llegando frente á Teresuca, se detuvo y la miró.
—¡Calígula, Calígula! Bis, bis... —llamó la muchacha, chasqueando el dedo del corazón contra el pulgar.
El llamado Calígula no se dió por entendido. Tapia adelante continuó, moviéndose con elegante parsimonia.