ó la voz inflamada que vierte el querubín.
¡Oh, hijos míos, cuajadas de mi propia sustancia,
normas, sendas por donde el mezquino saber
pudo evadirse de la ciudad de la ignorancia!
Pero, los hombres no quisieron entender.
VII
Los vecinos de Cenciella, sabiendo que el señorito de la casona alta estaba en el pueblo, se asombraban de la reclusión en que se escondía; él, otras veces tan amigo de holgorios y gente aldeana... Cuando Rufa, la vieja criada tradicional, usufructuante de por vida de la casona, salía á hacer la compra, le preguntaban por don Albertín:
—¿Qué queréis que vos diga? —contestaba la vieja— Nunca lo vi como ahora. Rompióle una pata á Azor, y ahora enséñale á hacer títeres. Y aluego, cuándo con los perros, cuándo con las gallinas, cuándo con el gato, pásase el día entre animales.
—Es que no sale ni á misa —replicaba alguno.