—Imposible, Joselín —respondió enojada la Ciorretti—. Fuiste leal y bueno conmigo... y para con la memoria de tu amo. Creo que te pagué razonablemente. Tú sabrás lo que has hecho con el dinero, que no era poco. Me pides más, de nuevo: imposible, hijo, imposible. Niente, niente.

Aquella misma noche se suicidaba Priapo de oro. Esto acontecía á los dos años de enviudar la italiana. Á los pocos días del suicidio, huyendo de lenguas ociosas, salió de Pilares y fué á refugiarse en Cenciella, á una casa que Antonino había comprado en excelentes condiciones á unas hidalgotas, vírgenes vetustas, venidas á menos. Habíase despojado ya del luto, y gustaba de vestir dentro de sus dominios unas batas ó peplos livianos, ondulantes y de célicas entonaciones. Alberto, en la huerta de al lado, pintaba con singular aplicación. La viuda acechaba al mozo, oculta entre los pomares, y como no le desagradase su pergeño, sencillez y buen aire, fué aficionándosele y discurriendo un arbitrio con que acercarse á él. Mandó levantar un terradillo, en la tapia medianera, y á él subía en atardeciendo, vaporosamente, á tiempo que las estrellas asomaban en el cielo. Alberto, en un principio, no le concedió mucha importancia. La viuda estaba determinada en hablar al pintor, pero no se le deparaba coyuntura. Por fin, una tarde que lo tuvo cerca, á pretexto de unas plantas de rábanos, rompió á hablar así entre dengues y rubores:

—Joven. ¡Ay! Usted dispense. ¡Jesús, qué atrevimiento! Le he llamado á usted sin darme cuenta, distraídamente.

La viuda, envuelta en tules azul pálido, se recodaba en lo alto de la cerca, la cual, por la parte de Alberto, estaba recubierta de melocotoneros, en espaldera.

—Mándeme usted, señora —respondió Alberto, acercándose con naturalidad al sitio por donde asomaba la Ciorretti.

—Dirá usted que estoy loca —se ocultaba el rostro con las manos—. ¿De veras me dispensa usted?

—Pero ¿de qué? Si es por haberme dirigido la palabra, se lo debo agradecer...

—Muy amable. Su huerta es muy bonita, y está muy bien cuidada. Desde aquí se domina muy bien. El jardín, ya no tanto. Digo que no se domina tanto, por los árboles. Parece que tiene usted muchas flores.

—Todas á su disposición...

—No será tanto... Ya tendrá usted algunos compromisos...