—¡Qué tontería! —comentó Alberto, riéndose con ingenuidad—. Ahora es usted la que debe perdonar; una exclamación involuntaria.

—No, si me gusta que me trate con confianza: al fin y al cabo somos vecinos. Usted solo, según me han dicho, ¿verdad? Yo sola. ¡Ay! Y usted pensará: ¡Qué pesada se pone Pía Octavia!

—No, no; no pienso tal. Pero usted iba á decirme algo, al principio, Pía Octavia.

—Se va usted á reir. Pues... me gustan mucho los rábanos. Aquellas plantas, ¿son rábanos?

—Se lo preguntaré á Celedonio.

—Lo son; los conozco muy bien. Tire usted de una matita, verá como sale el rabanito. Así, no; que se rompe la mata. ¡Jesús, qué torpe! ¿Lo ve usted? Ya se ha roto. Voy yo á su huerta, es decir, si usted me lo consiente.

—No faltaba más. ¿Á salto?

—¡Qué horror! En dos minutos estoy ahí. Desapareció detrás de la tapia.

Á poco, estaba con Alberto extrayendo rábanos de la tierra. Había anochecido ya, y de ahí que la Ciorretti se tropezase á veces con el joven. Á partir de esta recolección vespertina comenzó la amistad, que llegó á hacerse íntima. Alberto, á la postre, claudicó, pero sin poner en sus relaciones con la viuda otro interés que la voluptuosidad leve á que el calor estivo le inducía. Concluído el verano, quebróse toda ligadura, y Alberto no volvió á acordarse de Pía Octavia, de sus peplos incitantes ni broncíneas botas.

Ahora, en aguda crisis espiritual, encerrado en sus cogitaciones, no echaba de ver que la Ciorretti le esperaba á diario sobre el terradillo. Una tarde salió Alberto á sentarse al pie del parral. La viuda, que lo vió, comenzó á dar grititos, y el joven hubo de acercarse.